La persona que lee, con las claves que el da el autor, participa en el proceso de comprensión de un texto a partir de su conocimiento o experiencia previa.
Entonces, cuanto mayor es el conocimiento previo, mayores son el conocimiento del significado de las palabras y las posibilidades de inferir. (Pérez Zorrilla, M.J. 2016).
Es por eso que un alto número de personas con escasos conocimientos de la lengua y de la cultura y con dificultad para inferir quedan excluidas de su derecho a acceder a la información, la cultura y a la educación formal.
En 1997, la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios (IFLA), inspirada en la Declaración Universal de Derechos publica la primera versión en español las Directrices para materiales de lectura fácil que tienen entre sus objetivos, ofrecer sugerencias para producción de textos de fácil escritura.
En este sentido, las Directrices de la IFLA abordan el léxico, la grámatica, el discurso, el contenido y la maquetación (características gráficas de los materiales).
No son las únicas normas, pero sí las más resonadas. Actualmente está vigente la traducción de una revisión del original, publicada en 2010.